La medalla de plata


DE TODOS los familiares que acudieron al hospital de Cruces ninguno fue tan feliz como mi padre la tarde en que vine al mundo, allá por las seis y media de un seis de marzo, en medio de un aguacero y una tronada que la fantasía y las habituales lentes de aumento de los basterrecheas aún rememoraban veinte años más tarde:

–¿Recuerdas el día en que nació Alberto?
–Cómo no me voy a acordar. Eso no se olvida nunca.
–¡Aquellos eran truenos! ¡Ra-ta-ta-ta-ta-ta! 

La noticia de mi nacimiento se recibió con un alborozo e intensidad muy por encima de la que supuso la venida de mis dos hermanas mayores, pues al fin llegaba el varón deseado que aportaría iniciativa, orden y solidez al linaje. Aquellos aldeanos eran de un machismo elemental, lo mismo los hombres que las mujeres, y de hecho eran mis tías las que siempre acudían a mí con la misma historia:

–Alberto, ven aquí.
–Dime, tía.
–¿Cuál es tu apellido?
–Basterrechea Martínez.
–No, tú eres Basterrechea.
–Bueno.
–¿Sabes lo que es ser Basterrechea?
–No.
–¿Cómo que no sabes?
–No sé.
–Que tus hermanas no lo sepan, vaya, pero que tú no lo sepas...
–¿Por qué tengo que saberlo yo y mis hermanas no?
–¡Hola! Porque los hijos de tus hermanas no van a ser Basterrechea.
–¿Por qué?
–¡Mira qué pregunta! ¡Porque llevarán el apellido de sus maridos!
–Ah.
–¿Quieres que te diga lo que es ser Basterrechea?
–Bueno.
–Ser Basterrechea es lo más grande del mundo.
–¿Por qué?
–Porque es lo más grande del mundo.

A mi padre le daba igual la supuesta grandeza del “Basterrechea”, pero participaba de la superstición de la varonía, y de ahí que mi nacimiento le produjera un júbilo desbordante que se iba a incrementar cuando comencé a parecerme de forma clínica a él. No es que me pareciera solo físicamente, sino que me parecía en los andares o hasta en la manera de hablar o mover la cabeza. Cada vez que mis familiares de Burgos venían a Lauros o mi padre me llevaba a alguna feria de ganado, en el momento en que los hasta entonces desconocidos se encontraban conmigo siempre se repetía la misma escena:

–¡Hostias! ¿Será posible?
–Eres igual a tu padre.
–El puro retrato.
–Igualito.
–Fotocopia.
–Habráse visto.

El parecido saltaba tanto a la vista que mis tías hicieron fuerza para que me llamara como él, Nicasio, nombre que también habían llevado mi abuelo y mi bisabuelo, pero mi padre se opuso:

–He buscado un nombre por ahí, lo tengo apuntado en una caja de cerillas.

El nombre que había apuntado era Unai; en aquellos años, hablo del 74, las autoridades franquistas estaban abriendo un poco la mano y comenzaban a permitir los nombres vascos, pero cuando acudieron a registrarlo sucedió un imprevisto:

–Vaya, no me acuerdo del nombre –dijo mi padre.
–¿No lo tenías apuntado en una caja de cerillas? –respondió mi madre.
–Sí, pero no encuentro la caja.

Comoquiera que la caja no apareció, mi padre pidió al señor del registro que le dijera algunos nombres, y mientras se los iba desgranando en voz alta y por orden alfabético, Aarón, Abel, Abelardo, Adolfo, Adrián, Agustín, Alberto, Alejandro..., mi padre intervino:

–Ése.
–¿Alejandro?
–No, Alberto.

Así fue como terminé llamándome Alberto a cuenta de que a mi padre se le olvidó la caja de cerillas en Astobieta. Con Alberto comencé a dar mis primeros pasos y a disfrutar del trato de privilegio que me otorgaba ser varón. Mi madre no me permitía hacer los trabajos de casa, lo mismo limpiar que hacerme la cama; mi hermana mayor me vestía; mis tías me mimaban, mis tíos me daban consejos mirando al horizonte; y solo mi padre se quedaba en un segundo plano, haciendo como que no intervenía, y quizá por eso se convirtió desde el principio en el maestro y en el gran impacto de mi infancia, al menos antes de que empezara a destruirse y comenzara a odiarlo. En efecto, nadie consiguió nada conmigo por la fuerza. Aquellos que trataron de educarme desde la imposición y la matraca, sistema que empleaban mi madre o las monjas de Larrondo, nunca obtuvieron resultados, pero mi padre, con esa mezcla suya de largos silencios y frases aisladas, conseguía concitar mi atención al instante. Era un hombre que decía una frase como sin darse importancia y mucho más tarde, como seis u ocho horas después, me sorprendía con alguna pregunta:

–¿Qué te he dicho esta mañana?
–Que debo ser el número uno, aita.

Apenas pude mantener con él más que algunas y contadas conversaciones fluidas en toda mi vida, salvo aquellas que mantuve con alcohol de por medio en los últimos diez años antes de su muerte. Su manera de conversar era lanzar preguntas y volver sobre ellas al de horas, a veces al de días:

–¿Y por qué te he dicho que debes ser el número uno?
–Porque así no tendré que pedir nada a nadie, aita. Serán los demás los que acudan a mí.

Él fue quien me enseñó a competir. Todavía no sé si aquello fue algo bueno o malo. Quería que fuera el mejor en todo. Apenas acabábamos un trabajo, bien la siembra de patatas, o la recogida de vainas, o habíamos sacado la basura de la cuadra, señalaba algún objetivo y me decía:

–Hasta ese cerezo. A que te gano.

Y echaba a correr como un poseso, sacándome gran ventaja en los primeros metros, pero dejándose ir en la última parte, o cayéndose, o fingiendo una lesión, de forma que siempre ganaba yo. Luego me decía, aparentando estar muy enfadado:

–Has tenido suerte esta vez. No me ganas más.

Con este tipo de prácticas me fue inoculando tal veneno por la competición que desde muy pequeño nada lograba apasionarme si no había de por medio un desafío. Me acostumbré a retar a mis compañeros del colegio a coger grillos, a cazar moscas, a comer mayor número de naranjas, a lanzar el lapo más largo, a hacer los deberes, a todo. Mi afán competidor era tan exagerado que se convirtió en el reproche habitual de casi todos mis profesores, que me acusaban de rendir tan sólo en los exámenes o en las finales de las competiciones deportivas.

–Alberto –me dijo una vez el profe Goyo, mi profesor de mates en octavo–, en el examen has sacado sobresaliente pero te voy a poner un notable porque en clase no haces nada.
–Vuelvo a advertir que no soy una profesora que pone un examen y ya está –dijo una vez la hermana Irene–. Yo valoro mucho el trabajo día a día. Lo digo por ti, Basterrechea.

Pero era inútil, y hoy puedo decir que soy una de las pocas personas que no guardo mal recuerdo de los exámenes sino al contrario: si no fuera por ellos yo no habría abierto un libro en mi vida. Esa pasión por el examen y la prueba deportiva la sentía con tal intensidad que superaba incluso la que me había enseñado mi padre, porque mi padre consentía la posibilidad de la derrota.

–Se puede perder, claro que se puede perder –me decía–. Pero debes saber por qué has perdido. Buenos estamos si no sabes por qué has perdido.

Pero yo no aceptaba la derrota y daba por supuesto que mi padre tampoco me la aceptaría. Mi falta de tolerancia a ella llegó a su culmen en 7º de EGB, cuando por primera vez se repartían durante el Día de la familia unas medallas que imitaban el oro, la plata y el bronce. Participé en cinco competiciones y gané el oro en redacción, salto de longitud, fútbol y cross, pero sólo pude conseguir la plata en Dibujo, disciplina en la que ganó Ana Elvira García, nombre y apellido que no olvidaré nunca solamente por eso: por ser el de la chica que me derrotó.

Aquella tarde, cuando mi padre estaba a punto de llegar como cada día para llevarme en coche de Larrondo a Lauros, me hallaba en una de esas situaciones embarazosas que son fáciles de resolver si eres adulto pero son imposibles cuando eres niño: la mía era la de llevar en el pecho cinco medallas que en realidad eran nada más que una, porque yo solo pensaba en la maldita medalla de plata. Al final, mientras esperaba la llegada de mi padre y lamentaba la mala hora en que había decidido presentarme al concurso de Dibujo, decidí cortar a lo bruto. Era tal el miedo que sentía a decepcionar a mi padre que preferí enseñarle las cuatro medallas de oro y no le dije nada de la medalla de plata que había conseguido en Dibujo, medalla que arrojé por el pequeño barranco de La Peña, el que había entre el colegio Urdaneta y la ikastola de Lauros. Mi padre abrió mucho los ojos ante las cuatro medallas y puso al principio cara de contrariedad, pero luego comenzó a reírse un poco y al final dijo:

–Abusas demasiado.

Pero estaba encantado, como prueba el hecho de que se pasara todo el verano enseñando mis medallas a los familiares o vecinos que nos visitaban, y subrayando que había ganado “cuatro de cuatro”, todo ello ante mi vergüenza poco disimulada, pues yo era entonces un católico acérrimo y sobresaliente obligatorio en religión, cuyo ídolo máximo, muy por encima de Tyson o Maradona, era Jesucristo, y ya me veía condenado al fuego eterno y a cosas peores. Cómo sería mi preocupación y martirio de la conciencia, que después del verano, en la primera ocasión de confesarme con el cura don Julián, el primer pecado que conté fue el de la medalla de plata, pero el cura se rió de forma tan estentórea al terminar mi relato, que me di cuenta enseguida de que la mentira no era tan grave y que por esa vez me salvaba del infierno.

Más tarde, muchos años después, fui perdiendo esa necesidad de ganar, y solo porque las derrotas comenzaron a ser tan numerosas y dañinas que me fui acostumbrando a ellas. Cómo de hondas y sangrantes habrán sido mis derrotas, que hoy en día me encuentro viviendo en Madrid, yo que fui diseñado para no alejarme dos kilómetros de Lauros, y hago pintadas en las paredes, que en Vizcaya nunca hice, y escribo poemas, que tampoco. Sin embargo, aunque ganar o perder ya no me es tan importante como entonces, sigo manteniendo la pasión por competir, aquella que me fundó mi padre. Cuando un día, dentro de mucho tiempo, vuelva como tengo previsto a su tumba en el cementerio de Loiu, volveré a tirar con antelación las medallas de plata que haya ganado. Puedo volver sin nada, qué me importa, pero sigo prefiriendo una sola nada de oro a cualquier todo de plata.

Los de Bilbao


AMANCIO ERA un jubilado que vivía en Goikomendi, un caserío situado en el pequeño monte que separa la parte alta de la parte baja de Lauros, y era un hombre enorme que solía hablar con voz muy gruesa y casi siempre a gritos, por más que lo estuvieras escuchando a dos metros de distancia, aunque acostumbraba a bajar la voz para decir frases profundas tipo la vida es una trampa, los gatos y las moscas viven mejor que nosotros, los que mandan son meros monaguillos, el verdadero poder se oculta debajo de la alfombra, etc. Como a los catorce años comencé a aficionarme a caminar por los montes de Lauros llevando un libro o una pequeña radio cassette, de vez en cuando pasaba por su caserío y hablaba con él. Para Amancio todo lo bueno que había en el mundo era de Lauros:

—¿Qué música vienes escuchando, Astobieta?
—U2, un grupo de rock.
—¿Y de dónde son?
—Irlandeses.
—Bah, si le das una guitarra a cada laurotarra, te salen dos docenas como esos.

Decía Amancio que Arzalluz era un gran político, sí, pero porque había estudiado en Alemania; que Arguiñano era un gran cocinero, también, pero porque había podido viajar para conocer la cocina francesa; que Perurena era un gran harrijasotzaile, claro, pero porque contaba con técnicos que le llenaban de plomo el interior de las piedras: la razón de que algunos vascos se hubieran convertido en celebridades se debía siempre a que disfrutaban de ventajas o tecnologías de las que carecíamos los de Lauros. En cuanto a los extranjeros, para Amancio eran pura propaganda:

—¿Qué te parece ese Maradona, Basterrechea?
—Un fenómeno.
—¿Fenómeno? ¡Si está todo el rato tirado en el suelo!

Esta superioridad de los laurotarras sobre el resto no era un pensamiento que le hubiera surgido a humo de pajas, no, sino algo sobre lo que había reflexionado mucho y podía demostrar matemáticamente, como me solía decir. En estas demostraciones era muy expresivo:

—Y ese jugador que tanto te gusta, ese Maradona…, ¿tú crees que sabrá ordeñar vacas?
—¿Ordeñar vacas? No lo sé, no creo.
—¡Ya me lo has dicho todo, Basterrechea! ¡Valiente futbolista si no sabe ordeñar una vaca! ¡Para ser futbolista hay que endurecerse y saber sufrir! ¡Sufrir!

Y repetía “sufrir” tantas veces y haciendo tal intensidad en la efe que yo tenía que retroceder unos metros para que no me alcanzara su saliva. Había que tener mucho cuidado con las efes de Amancio si no querías acabar duchado, y mucho más cuando hablaba de “los de Bilbao”, que eran por encima de los extranjeros el principal objeto de sus iras. Amancio acusaba a los bilbaínos de ser enclenques, falsos e inútiles, “todo fachada”, incapaces de sufrir lo más mínimo, y aunque era un hombre bondadosísimo y muy generoso, con los vapores del vino tinto se volvía violento verbalmente y comenzaba a desearles todo tipo de catástrofes, lo mismo guerras que galernas o tormentas de nieve, deseos que a mí no me parecían demasiado prudentes, porque en el caso de que una galerna o una tormenta de nieve asolara Bilbao, había muchas posibilidades de que también asolara Lauros, que estaba a tan solo veinte kilómetros.

—¿Sabes lo que pasaría si mañana le prendo fuego a los Eroski, Pryka y El Cortes Inglés? —me preguntaba.
—No —respondía yo.
—¡Pues que vienen todos los de Bilbao de rodillas a pedirnos comida! ¡Eso es lo que pasa! ¡De rodillas! ¡Hasta te dan su coche a cambio de un kilo de alubias! ¡Para eso sirven los de Bilbao! ¡Para nada!

Este resentimiento contra los de Bilbao era muy común entre los laurotarras y pueblos rurales de los alrededores. También mi padre hablaba mal de los de Bilbao. Y mi tío Hilario. Nunca supe las razones reales de esta animosidad, pero siempre pensé que respondía al hecho de que Bilbao era ese lugar donde había drogadictos, prostitutas, accionistas, personas que no creían en Dios o gentes que votaban a partidos españoles, esto es, todo aquello que la mayoría de laurotarras consideraba el MAL en mayúsculas. Cuando mi vecina Josefa quería ir de compras a la capital enviaba a sus hijas, porque ella no se atrevía:

—El de Bilbao nos huele. Sabe que somos aldeanos y nos engañan.

Pero a ninguno vi con un resentimiento tan grande y razonado como el de Amancio. Y tampoco conocí a otro que considerara que ser de Lauros fuera más importante que ser vasco. Esta idea le podría haber metido en alguna polémica, pero era difícil discutir con alguien que pesaba 120 kilos y hablaba con una voz tan gruesa. Su presencia era tan intimidatoria que la única persona que se le enfrentaba era su propia mujer, Petra, una mujer muy delgada con la que hacía una pareja graciosísima. Petra solía arruinar todas las historias de Amancio:

—No sé si sabes, Basterrechea, que de joven fui un cazador de categoría —me decía Amancio.
—¡De categoría bajo cero! —interrumpía Petra—. ¡Tú solo eres un sinsorgo!
—Yo —trataba de continuar Amancio— maté una vez cincuenta y seis avefrías de dos disparos. ¡Cincuenta y seis!
—¡Estarían dormidas! —terciaba Petra—. ¡Fanfarrón!
—Cuando yo era cazador —concluía Amancio— en este caserío no se gastó ni una peseta en la carnicería.
—¡Porque solo hay dinero para tu vino apestoso! —contraatacaba Petra—. ¡Borracho! ¡Gandul!

Era una pareja tremenda. Llevaban cuarenta años juntos y todos decían que desde recién casados siempre habían estado así, continuamente discutiendo, aunque en realidad la única que discutía era Petra, porque Amancio seguía con su monólogo y solo se refería a ella cuando se iba, momento en que soltaba una gran carcajada y decía:

—La mejor mujer de Lauros es la mía, de eso no cabe ninguna duda.

A Amancio le cogí una gran estima porque me trataba como a un adulto y me hacía reflexionar mucho a pesar de todas sus exageraciones y ombliguismos. Me recuerdo volviendo a Astobieta enardecido, pensando que Amancio tenía razón y quizá en Lauros hubo también un Mozart o un Picasso o una Maria Callas que no pudieron desarrollarse por falta de medios. Pensar en eso me entristecía, pero a la vez me alegraba de que aquello estuviera cambiando. Sí, hacía cuatro años que nos habían puesto una carretera de dos carriles. Y nos estaban instalando agua corriente. Y quizá antes de que yo cumpliera veinte años ya contaríamos con teléfono, o nos pondrían autobús, o quizá tren. Sí, concluía yo, soñador como soy, ahora Lauros está creciendo y si me apetece ser Mozart, podré ser Mozart. Y además siempre contaré con la ventaja de haberme curtido en las labores de campo, las mejores para aprender a soportar el sufrimiento, como me solía subrayar Amancio, aquel hombre gigantesco siempre dispuesto a reivindicar Lauros:

—¿Qué libro vienes leyendo, Basterrechea?
—El hombre que ríe, de Victor Hugo.
—¿Y de dónde es ese escritor?
—Francés.
—Bah, si los de Lauros nos ponemos a escribir, sacamos veinte o treinta como ese.

Izaro


DE LOS primeros años infantiles en el colegio de Larrondo guardo el recuerdo mitad engreído y mitad vergonzoso de que yo era un verdadero malandrín que solo acataba una ley, la Ley de Mi Santa Voluntad, que consistía en pegar, insultar y tratar de imponerme a los demás niños de la forma que fuera. El único inconveniente de esta ley es que también la seguían otros niños:

–No te tengo miedo, payaso.

La que me hablaba así era Izaro, una chica altísima de Zamudio que rivalizaba conmigo en malas energías. Izaro se había hecho muy popular en tercero de EGB, cuando retó al profe Goyo en una de las exhibiciones de magia con la que nos deleitaba cada año. Consistía uno de los números de magia de este profesor en meterse la ceniza del cigarro en la boca sin quemarse, pero a Izaro esa demostración no le impresionaba:

–Bah, qué tontería, a mí tampoco me quema la ceniza.

Entonces el profe Goyo, herido en su orgullo y con el fin de darle un escarmiento, retó a Izaro a poner su dedo índice sobre la punta de su cigarrillo cargado de ceniza ardiente, sin imaginarse que iba a suceder lo increíble: a pesar de que colocó el cigarro en su dedo hasta en tres ocasiones, Izaro aguantó sin rechistar las posibles quemaduras, riéndose incluso, y el pobre profe Goyo, humillado ante la primera demostración de magia real de su vida, metió todos sus cachivaches en su maleta y nos dijo:

–Se acabó la magia por hoy.

Al terminar la clase, cuando el profesor se había ido, descubrimos que a Izaro le empezaban a aparecer en la yema del dedo las marcas de las quemaduras. No había hecho ninguna magia; sencillamente, como luego nos dijo, había apretado los dientes y se había aguantado las ganas de llorar. ¡Aquella chica estaba totalmente loca! Recuerdo que yo le tenía un miedo tremendo y cuando me retaba no me atrevía a pegarla no porque fuera chica, pues en aquel tiempo yo no me arredraba ante eso, sino por el puro temor a perder contra ella, pues era más alta que yo y no me temía. Pero nuestra enemistad verdadera comenzó por otros motivos, el día mensual de competición de la clase de geografía, en cuarto de EGB, cuando la hermana Cecilia hizo una pregunta sobre los mares al equipo del que ella formaba parte:

–Decidme tres mares que tengan nombre de color –preguntó la hermana Cecilia.
–El mar Blanco, el mar Negro y el mar Amarillo –respondió de inmediato ella, sin consultar con sus demás compañeras.
–Ah, jajajaja –interrumpí yo–, ¡mar Amarillo! ¡Tú eres más tonta que Abundio!

Abundio era el tipo imaginario al que solíamos recurrir para referirnos a la estupidez absoluta: se decía que Abundio vendió el coche para comprar la gasolina, vendió su oreja porque la tenía repetida, etc. Cuando grité aquello, toda la clase rompió a reír y el equipo de Izaro fue eliminado. Pero al día siguiente, para sorpresa mía, Izaro se presentó en clase con una vieja bola del mundo donde, en el lado asiático, justo entre China y Corea del Sur, ¡aparecía el mar Amarillo! Entonces la hermana Cecilia me castigó de rodillas con los brazos en cruz durante toda la clase, castigo totalmente injusto, porque yo no tenía la culpa de que tampoco ella, siendo nuestra profesora, supiera de la existencia del mar Amarillo. Izaro se mostró aquel día exultante, paladeando su triunfo, y, cuando estaba de rodillas cumpliendo mi castigo, pasó cerca de mí y me dijo al oído:

–Disfruta.

Así empezó una guerra entre nosotros: si ella decía algo en voz alta, yo la contestaba en medio de toda la clase; si lo hacía yo, me contestaba ella. Cuando comencé a jugar a campo-quemado, los dos nos teníamos en el punto de mira:

–¡Desgraciado! ¡Tiras a dar a la cara!
–¿Algún problema?

Cuando cumplí diez años sucedió algo que suavizó la imagen que tenía de Izaro, y es que vi a su madre pegándola. Su madre la recogía todas las tardes y se la llevaba en coche hasta Zamudio, donde vivían, pero una tarde bajó del coche muy enfadada y ¡plas!, le dio un tortazo en toda la cara:

–¡Una blusa nueva, recién comprada, y mira cómo la traes!

Aquella fue la primera vez que tuve un barrunto de solidaridad en favor de ella. Verla llorando por el cristal trasero del coche me hizo sentir raro. Al día siguiente, aunque seguí mofándome de ella, me di cuenta de que ya no era lo mismo. Ya no la odiaba. Poco a poco dejó de existir esa agresividad física entre nosotros y fue sustituyéndose por una competitividad extrema: parecía como si cada uno quisiera demostrarle al otro que era más inteligente, más creativo o más audaz. Un día Izaro vino a mí con cara de mucho secreto y me preguntó:

–¿Capital de Burundi?
–Bujumbura.
–¡Ostras! ¡Te la sabes!

Sí, claro que me la sabía. Izaro desconocía que yo era un niño muy solitario, sin ninguna persona de mi misma edad en Lauros, que mataba el tiempo copiando las matrículas de los coches que pasaban por la carretera, o aprendiéndome todas las capitales y banderas del mundo, o todos los estadios de fútbol de clubes europeos que participaban en la Copa de la Uefa, Recopa o Copa de Europa. De esa respuesta que le di y que la dejó anonadada saqué tanto provecho que empecé a llamarla Bujumbura:

–Como me sigas llamando Bujumbura te voy a empezar a llamar Anacleto, te lo advierto.
–Vale, Bujumbura. No te lo llamo más, Bujumbura. Lo siento, Bujumbura.
–¡Anacleto! ¡Anacleto! ¡Anacleto!

A partir de entonces reanudamos nuestra competición con las capitales, pero como ella también se sabía todas, lo que me hace pensar ahora que Izaro era también una colgada como yo (¿qué niños se saben la capital de Burundi con once años?), y era muy aburrido acertar todo el rato, pronto se nos ocurrió una idea genial: se trataba de unir las primeras letras de un país con las últimas del otro, de modo que sus capitales también serían híbridas.

–¿Capital de Italpaña?
–Romadrid.
–¿Capital de Argenusia?
–Buenoscú.
–¿Capital de Libiguay?
–Tripovideo.

Ella inventó también el cesto-quemado o mezcla de baloncesto con campo-quemado, que consistía, a la hora de jugar a menos-veintiuna, en que el tirador podía elegir entre lanzar a canasta o arrojar el balón contra su compañero. El problema del cesto-quemado es que te llevabas unos balonazos terribles con el balón de baloncesto, y comoquiera que el juego se popularizó y algunos niños de cursos inferiores terminaban llorosos y golpeados, las monjas lo prohibieron de inmediato y la superiora nos dijo:

–Mira que cuando os veo juntos empiezo a temblar. ¡Empiezo a temblar!

Por aquel entonces yo ya tenía trece o catorce años y ya me empezaba a dar cuenta de que me pasaba algo raro con esa chica, pero era demasiado burro para reconocerlo. Justo por aquel tiempo se presentó en clase con un vestido rojo de volantes, ella que siempre vestía casi como un chico, y me quedé desconcertado. Me pasé todo el día pensando en su vestido rojo y cuando llegué a casa seguía pensando en su vestido rojo, y me lavé las manos y el agua salía roja y las manos las tenía rojas y miré el reloj y eran las siete en rojo de la tarde… ¿Qué me estaba pasando?

Entonces llegó el viaje de fin de curso, que aquel año era la despedida definitiva, pues terminábamos la EGB. Fuimos a Calella, en Barcelona, y ocurrió que los responsables del hotel, aunque habían sido advertidos por las monjas de nuestro colegio de que en cada habitación debían inscribir aleatoriamente, con el propósito de evitar amiguismos y posibles embarazos, a dos chicos o dos chicas sin ninguna mixtura, se hicieron un lío con algunos nombres euskéricos de los alumnos, porque desconocían que algunos nombres vascos como Izaro o Itsaso, que terminan en –o, son en realidad nombres de chica, mientras que nombres como Jagoba o Aketza, que terminan en –a, son nombres de chico, e inscribieron en algunas habitaciones a un chico con una chica. Eso no lo iban a permitir las monjas de nuestro colegio, claro está, pero en la hora y media que duró el desarreglo, Izaro y yo estuvimos en la misma habitación porque, por azares del destino, la habían puesto a ella conmigo.

Recuerdo que ella llevaba un pantalón vaquero superceñido y yo estaba muy nervioso, pues seguía obligándome a pensar que solo era una chica y no una mujer. De pronto se me ocurrió decir algo gracioso y ella se rió y me dijo:

–¿Sabes? ¡Hay que ver lo que has cambiado! De pequeña te tenía un miedo tremendo.
–¿Miedo? No parecía que me lo tuvieras.
–Calla. Eras un demonio. Nos tratabas a todos como a trapos.
–¿Y ahora también me tienes miedo?
–¡Qué va! Ahora eres supermajo.
–Ah, menos mal.
–Oye, te puedo pedir una cosa.
–Dime.
–No me llames más Bujumbura, por favor.
–Vale.

Aquella fue la última conversación que tuve con ella, porque tanto durante aquel viaje como durante la última semana de clase traté de evitarla debido a que ya no podía seguir negándome que estaba enamorado de ella. Y eso, en el muchacho que era por aquel tiempo, constituía un error imperdonable, una debilidad vergonzosa que no me debía permitir y que me ponía en riesgo, pues estaba seguro de que si ella se enteraba se iba a reír de mí.

Ya no la vi más, pero se ha conservado fresca en mi recuerdo porque, desde entonces, casi todas las chicas con las que he estado han sido Izaro pero con otro nombre. Sí. La misma chica masculina, de esas que antes muerta que ponerse unos tacones, la misma chica de yo-te-paro-los-pies, la misma con la que amar se convierte en un pelear infantil por demostrar que yo-soy-más-que-tú:

–¿Capital de Suipal?
–Bermandú.
–¿Capital de Indogipto?
–Yacarairo.
–¿Capital de Polomalia?
–Varsodiscio.


LOS PERROS ASILVESTRADOS


DURANTE MI niñez y adolescencia estuve fascinado por la rara especie de los perros asilvestrados, animales mitad perros y mitad lobos que mordían a los novillos, malherían a las cabras, mataban ovejas o gallinas y atacaban a los perros domésticos. Cuando sucedían este tipo de ataques los aldeanos caían en la cuenta de que el causante no podía ser el lobo, que había desaparecido de Lauros desde antes de la Guerra Civil, y la conclusión a la que llegaban después de examinar las mordeduras era la de que se trataba de perros asilvestrados. Estos perros solitarios y feroces eran escasos y solo los aldeanos de cierta edad habían visto algunos durante su vida, por lo que yo los asediaba a preguntas porque ya tenía catorce años y nunca había visto ninguno. Y entonces lo vi.

–Pero…, ¿son perros o son lobos?
–Ya no son perros. Tampoco son lobos.

La primera vez que me encontré con uno de esos ejemplares me hallaba jugando en el portal de mi caserío Astobieta cuando le di con el balón a una maceta de geranios y mi madre comenzó a pegarme. Que mi madre me diera doscientas tortas al año era algo a lo que estaba acostumbrado, pero aquel día sucedió lo imprevisible: en lugar de dejarme pegar con la misma resignación de los diez años anteriores, me giré de modo inconsciente y con mi puño derecho le di un puñetazo en su ojo izquierdo, de forma tan rápida e inesperada que, después de hacerlo, y durante un segundo que igual fueron varios segundos, mi madre y yo nos quedamos mirándonos el uno al otro, muy sorprendidos de lo que había pasado, hasta que ella se dio la vuelta y empezó a gritar “¡Alberto me ha pegado! ¡Alberto me ha pegado!”, y yo, sabiendo al instante que aquel no era el lío del día sino el lío de todos los tiempos, eché a correr lejos del caserío, camino del cerezo.

–¿Y qué es entonces un perro asilvestrado?
–Es el perro de casa. El mismo perro de casa. De pronto se escapa y no vuelve más.

Entonces lo vi. Había pegado a mi madre y me hallaba corriendo camino del cerezo cuando lo vi. Hasta ese día nunca había entendido bien la diferencia entre un perro doméstico, un perro abandonado y un perro asilvestrado, por más que me lo explicaran con detalle los aldeanos, pero nada más verlo me di cuenta de que era uno de esos perros míticos porque tenía el pelo sucio y alborotado, la mirada esquiva y cierta rareza en su manera de correr, como si fuera un perro que no sabe adónde va pero sí sabe adónde no quiere ir. Pero lo que más me sorprendió de aquel perro, mientras yo corría despavorido camino del cerezo, es que él corría a mi lado sin hacer ademán de atacarme, sincronizado conmigo, colocando las patas en el suelo justo cuando yo ponía los pies, corriendo a la misma velocidad exacta que yo, como huyendo de algo, y tenía la misma respiración de animal asustado y fuera de control.

–Pero…, ¿por qué se vuelven asilvestrados?
–Nadie sabe. Unos dicen que es porque pasaron hambre. Otros dicen que porque se les maltrató. Y otros dicen que, simplemente, son perros que se han vuelto locos.
–¿Un perro se puede volver loco?
–¡Pues claro, mira qué pregunta! ¡Igual que una persona!

Estaba ya en el cerezo cuando oí la voz de mi padre, “Alberto, nun zaos?” y de inmediato me meé, porque sabía que mi padre venía hacia mí para pegarme. Mi padre siempre se dirigía a mí en castellano y si me hablaba esta vez en euskera era porque él también estaba fuera de control. Mi padre no ejerció nunca de padre conmigo salvo los cuatro o cinco últimos años de su existencia, era un ser lejano y desconectado de la vida que jamás se interesó por mis notas ni mi educación ni mi casi nada, pero no hasta el punto de permitir que pegara a mi propia madre sin consecuencias. Y allí estaba yo, en el cerezo, muerto de miedo, esperando a que mi padre me pegara por primera vez en su vida. A mi lado estaba el perro asilvestrado, y lo curioso de aquel perro es que me miraba mientras yo le miraba, y sus ojos eran marrones verdosos como los míos, y le temblaban las patas como a mí me temblaban las manos, y también se había meado como me había meado yo.

–¿Y por qué atacan los caseríos?
–Porque tienen hambre. Intentan alimentarse de carroña, pero si no la encuentran entran en los caseríos y atacan al ganado.
–¿Y atacan a las personas?
–A las personas no. De las personas huyen. Hasta apartan la mirada cada vez que ven a un aldeano. 

Entonces llegó mi padre como un avión, el puño cerrado y la cara desencajada, y me lanzó un puñetazo vertiginoso que yo, rapidísimo como era, logré desviar hacia mi hombro, pues si me llega a dar en la cabeza, con la velocidad a la que venía aquel puño, lo mismo me la arranca, y caí al suelo dando una, dos, tres vueltas. Mi padre hizo varios ademanes de rematarme en el suelo, pero se controló mientras me gritaba, ahora ya en castellano:

–¿Pegar a una madre? ¿Tú sabes lo que has hecho? ¿Sabes lo que has hecho?

Claro que sabía lo que había hecho. La figura de la madre, para un hombre, es lo más sagrado de los caseríos, al lado de la cual todo lo demás, los Basterrechea, los Echebarria, Astobieta, Lauros, Loiu, el Partido, Vizcaya, Euskadi, Cristo, Dios, por más que los hinches con la bomba de hinchar globos de helio, es mera calderilla. La relación que se establece entre los varones de los caseríos y sus madres es tan estrecha que puede ocurrir que te encuentres a un aldeano en el pajar, llorando, mientras habla a solas con una madre invisible que lleva más de treinta años muerta. Las mujeres o novias de los aldeanos tienen muy clarito que son unas segundonas y se guardan mucho de entrar en conflicto con las suegras porque saben que, puestos a elegir entre una madre y una novia, o entre una madre y una esposa, los aldeanos van a preferir a su madre. Pues bien: yo no quise nunca a mi madre, como no he querido en mi vida a nadie que me haya pegado con la frecuencia y por las tonterías que me pegaba ella. Y tampoco es que mi madre fuera una mala madre ni pegara más que las demás madres de los caseríos, teniendo en cuenta que a los hiperactivos y traviesos como yo nos llovían golpes de todos los lados y allí darle un tortazo a un crío se consideraba cosa necesaria y sin importancia: el asunto es que mi madre era una mujer llena de problemas y atacada de impaciencia, una mujer que padecía obsesión policial conmigo y que tuvo la mala suerte de que le naciera un hijo hipersensible y no-me-puedo-estar-quieto como yo.

–¿Por qué dices que un perro asilvestrado es peor que un lobo?
–Porque el lobo tiene miedo al aldeano y no se atreve a entrar en los caseríos. El perro asilvestrado, en cambio, sabe cómo entrar y dónde hacernos daño. ¿No te das cuenta de que ha vivido con nosotros y nos conoce?
–Pero…, ¿ataca en el mismo caserío donde vivió?
–Nunca. A ese caserío ya no vuelve más. Pero todos los caseríos son parecidos, y él lo sabe.

Recuerdo que aquella noche tardaban mucho en llamarme para la cena y empecé a pensar que me echaban de Astobieta, y a esa preocupación se unía la preocupación por el estado de mi hombro tras el puñetazo que me había propinado mi padre, pues pensaba que tenía algún hueso roto o que se me había desencajado la clavícula. Al fin me llamaron, y cuando me puse a la mesa me di cuenta de que mis hermanas no me hablaban, mi padre no me miraba a la cara y mi madre estaba allí, en su sitio de siempre, con el ojo izquierdo morado y llorando. Se pasó toda la cena llorando y sin decirme nada y cuando se fue a la cama todavía se podía escuchar desde la cocina que seguía llorando. Y yo, aunque por una parte me decía dios mío, qué he hecho, he pegado a mi propia madre, aquí sí que he destruido para siempre mi vida, va a caer sobre mí la maldición de las maldiciones; por otra parte estaba rabioso y justiciero y me decía te jodes, hijadeputa, llevas diez años pegándome en serie y ya era hora de que te llevaras tu merecido. Pero lo más sorprendente de aquella cena terrible es que ni mi padre ni mi madre ni mis hermanas parecieron advertir al perro asilvestrado que había entrado a la cocina conmigo, se había sentado a mi lado y comía de mi mismo plato.

–¿Y esos perros se pueden curar y volver a ser perros normales?
–¡Qué se van a curar! ¿No ves que están endemoniados? Dos tiros en la cabeza, esa es la única forma de curarlos.

Aquel día puse una cruz roja y definitiva en mi vida. Ya los pedagogos de Larrondo venían notificando que yo estaba dando los peores datos en los test psicotécnicos del colegio, peores aún que los de los alumnos más conflictivos, y que lo que a mí me pasaba se podía definir con la palabra rechazo: rechazo a mis compañeros de clase, a las monjas, a los profesores, a mi familia y, sobre todo, rechazo brutal a mi padre, pues era a mi padre y no a mi madre a quien rechacé con mayor fuerza durante mi adolescencia. Pero no se hacía caso de esos datos porque nunca fui un niño conflictivo sino un niño solo travieso que además volvía a casa con notables y sobresalientes, cosa que no sucedía con los demás alumnos que como yo sufrían problemas para relacionarse, tener amigos o querer a los demás. Se confiaba en que con el tiempo mi rechazo al prójimo remitiría y yo mismo confiaba en ello, pero en el momento en que me revolví y lancé aquel puñetazo a mi propia madre ya me di cuenta de que no. Lo mío, simplemente, nunca iba a tener solución.

Desde entonces he tenido alguna racha de optimismo donde pienso que estoy equivocado sobre mi falta de órganos para relacionarme con el resto porque, además, siempre he sentido dentro de mí una capacidad inmensa para querer. Y alguna vez no solo he pensado que la tengo sino que me lo he creído y he hecho planes para incorporarme de nuevo a los perros, pero justo cuando estoy entre ellos me doy cuenta de que no. Qué va. Es inútil. Por más que lo intente, ya nunca volveré a ser un perro.

Otras veces creo que el problema de mi vida es que he recibido trato y educación de perro cuando realmente soy un lobo. Y alguna vez también me he animado con este pensamiento y me lo he creído y he tratado de ingresar en el mundo de los lobos, pero nada más llegar a ellos me doy cuenta de que me pasa lo mismo y no hay nada que hacer. Es imposible.

Tampoco soy un lobo.


La Ertzaintza no sirve para nada


LA PRIMERA vez que vi la palabra Lauros en los medios fue cuando el diario Deia publicó un reportaje sobre la plantación de kiwis de Avelino, mecánico del caserío Errotabarri que comenzó a dedicarse a los frutales cuando le llegó la edad de jubilación. En el reportaje Avelino aparecía posando junto a los árboles mientras enseñaba algunos de los nuevos frutos exóticos. En aquel tiempo los kiwis eran desconocidos y tan codiciados que en el Mercado de la Ribera se vendían al precio casi siempre exacto de cien pesetas cada uno.

Avelino no me caía nada bien porque era uno de esos laurotarras que me recordaban continuamente que no sabía euskera con la sola intención de humillarme. Cada vez que acudía a jugar a la ikastola de Lauro con una pala o un balón de baloncesto y debía pasar por delante de su caserío, siempre me decía lo mismo:

–Basterrechea, badakizu euskera?
–Ez.
–¿Y no te da vergüenza no saber euskera?

Cuando dos o tres horas más tarde, después de cansarme de dar pelotazos contra la pared, volvía de nuevo hacia Astobieta, al pasar por su caserío se volvía a repetir la escena:

–Basterrechea, badakizu euskera?
–Ez.
–¿No te da vergüenza? ¡Maqueto!

Maqueto era la palabra con que se designaba a las personas que procedían de fuera de Euskadi o que no sabían euskera. En Lauros me lo llamaron más de mil veces y Avelino era uno de los que más veces me lo repitió. Pero verle en el diario me impactó mucho y me hizo sentirme orgulloso de mi pueblo. Según decía el reportaje, la de Avelino era la primera plantación de kiwis de Vizcaya junto con la que tenían los Etxebarria, famosos gatikatarras que ganaban todos los concursos que se celebraban en las ferias agrícolas.

Avelino también disponía de muchas variedades de frutales, sobre todo de manzanos, y era objeto de muchos robos porque su plantación estaba al lado de la carretera, que era frecuentada no solo por los conductores sino por alumnos de la ikastola o del colegio Munabe. A nosotros también nos robaban tomates o pimientos, pero las manzanas o peras o kiwis eran productos mucho más codiciados. A partir de que se creara la carretera de dos carriles, el tráfico comenzó a aumentar y también aumentó el número de robos, sobre todo de manzanas y kiwis. Avelino comenzó a desesperarse:

–Astobieta –me decía, pues era también un gran cazador–, ¿sabes lo que es un cartucho del once?
–Sí.
–Es que me estoy cansando de cazar pájaros pequeños. Verás cuando empiece a cazar pájaros grandes. A mí me mandarán a Basauri, pero ellos van directos a Derio.

Nombraba esos lugares porque en Basauri existe una cárcel y Derio cuenta con el cementerio más grande de Vizcaya. Avelino fue una de las personas más contradictorias que me encontré en Lauros, pues era capaz de lo más moderno, como ser el primero de Vizcaya en poner kiwis, y de lo más antiguo, como pude comprobar nuevamente años más tarde, a mediados de los noventa, cuando sorprendió a un joven robándole manzanas. En aquella ocasión no utilizó la escopeta, como solía decir en broma, sino que llamó directamente a la Ertzaintza. Aquel fue mi primer recuerdo de la presencia de la Ertzaintza en Lauros.

Hasta entonces eran la Guardia Civil y la Policía Nacional las que se encargaban de velar por la seguridad, aunque nunca supe de ninguna intervención de ellas, porque, además de que se las consideraba represoras y españolas, para que acudan los cuerpos de seguridad hay que llamarlos, y eso es difícil de hacer en un lugar donde los caseríos no cuentan con teléfono. Pero entre finales de los ochenta y comienzos de los noventa la mayoría de los caseríos comenzaron a poner línea telefónica y Avelino recurrió a la Ertzaintza, que ya se había desplegado en Loiu. Entonces sucedió lo increíble, pues cuando llegaron los dos agentes y procedieron a denunciar al muchacho, que rondaba entre los dieciséis y dieciocho años, Avelino se opuso:

–No, no, si yo no les he llamado para que lo detengan o le pongan una denuncia. Eso no vale para nada. 
–¿Para qué nos ha llamado entonces? –le preguntaron los agentes.
–Mira qué pregunta, para que le den ustedes unos buenos bofetones a este chico, eso no falla, ya verán cómo así se le quitan las ganas de robar.

Y sin dejarles tiempo a la respuesta pasó a contarles de forma pedagógica lo que le había sucedido a él de muchacho, cuando fue sorprendido robando un poco de queso, y de qué forma la paliza que le dio su padre le fue una de las mejores medicinas de su vida, “porque ya no se me ocurrió volver a robar más”. Los agentes alucinaban con Avelino, claro, y, después de explicarle que esas “medicinas” eran de otros tiempos, le trasladaron que lo único que se podía hacer en los tiempos de ahora era formalizar una denuncia o, en caso contrario, dejar marchar al chico, que fue lo que finalmente sucedió, pues Avelino insistió en su teoría de los bofetones y se oponía en redondo a denunciar al ladrón. 

Así fue como Avelino se convirtió en el primer laurotarra que se hizo enemigo declarado de la Ertzaintza, un cuerpo que al principio fue recibido con alegría en el pueblo por el solo hecho de que se le consideraba “de los nuestros”, frente a la extranjería y fama de antivascos que arrastraban los cuerpos anteriores. Tenía yo por entonces más de veinte años y Avelino me había dejado de llamar maqueto, pero como seguía yendo a la ikastola de Lauro a jugar en solitario, cada vez que me veía me abordaba de inmediato y sin ni siquiera darme las buenas tardes me preguntaba:

–¿Para qué sirve la Ertzaintza, Basterrechea?
–¿Para qué?
–Para nada, Basterrechea, para eso sirve la Ertzaintza.

Y horas más tarde, cuando volvía ya sudado y cansado, después de darme la gran paliza a pala o a pelota mano o a baloncesto, me lo encontraba de nuevo allí, los brazos en jarras, indignado todavía con los agentes, incapaz de olvidar aquel episodio:

–¿Qué diferencia hay entre la Guardia Civil y la Ertzaintza, Basterrechea?
–¿Qué diferencia?
–Ninguna diferencia, Basterrechea. No hay ninguna diferencia.


Alfabeto total


DECÍA QUE el futbolista Julen Guerrero iba a tener una carrera meteorológica, que mi irascible hermana Raquel se ponía enseguida como un obelisco, que las millonarias de Neguri llevaban abrigos de bisonte, que los pobres dormían a la interperie o que le acercáramos la botella de aceite, pues la necesitaba para enderezar la ensalada. Su castellano era tan deficiente como el de los demás aldeanos, que en su mayoría solo asistieron a la escuela entre dos y cinco años, pero en mi padre el defecto se acrecía porque era de natural vanidoso y se arriesgaba a decir palabras difíciles que muchas veces lo dejaban en ridículo. Fue él quien me dio con la nebulosidad de los primeros momentos la noticia de la muerte de Lady Di:

–¡Cuidado! La tele ha dicho que Lady Di ha tenido un accidente y está en coma irresistible.

No era ninguno de estos, sin embargo, el trabucamiento suyo que mejor recuerdo, sino uno más garrafal que no habría pasado a mayores si no fuera porque lo repetía con una frecuencia inconveniente para sus intereses. Sucedía cada vez que veía algún asiático o africano famélico en los noticiarios televisivos, en una de las habituales hambrunas en Etiopía o la India. Entonces ponía cara de preocupación y siempre decía lo mismo, no fallaba:

–Son alfabetos totales. Pobres y alfabetos totales.

Alfabetos totales también eran los gitanos o los moros, o cualquier deportista extranjero que no fuera rubio o anglosajón, y en algunos casos hasta yo mismo. Cada vez que nos poníamos a discutir sobre política, en aquellas polémicas baldías donde intentaba convencerle de que la democracia actual era diferente a la dictadura franquista o de que los dirigentes de Herri Batasuna eran enemigos irreconciliables del Partido Popular, mientras él sostenía que todo era comedia y que en realidad franquistas y demócratas o batasunos y populares cenaban juntos y brindaban con champán en secreto, sucedía de pronto que cortaba la conversación y se abandonaba a uno de sus largos silencios, para después dirigirse a mí con mirada condescendiente, como si me estuviera perdonando la vida, y decirme:

–Te crees muy inteligente, pero en algunas cosas eres alfabeto total.

Tampoco tuve nunca posibilidad de corregirle y recalcarle que se dice analfabeto total, igual que se dice irreversible, aderezar, intemperie, visón, basilisco o meteórico, porque la autoridad de un padre en Lauros no se cuestionaba y menos en asuntos que podían resultar hirientes. Nunca fui su amigo y tampoco conocí en Lauros a ningún otro adolescente que mantuviera una relación de amistad con sus padres, como solía suceder a veces en Sondika o Derio o Mungia o Bilbao. Esa relación vertical y separadísima entre progenitores y vástagos había sido aún más firme en el pasado y daba lugar a vacíos e ignorancias imposibles de creer. Ni mi padre ni ninguno de sus seis hermanos y hermanas conocían, por ejemplo, el nombre de uno de sus abuelos muertos, ignorancia esta que no se corrigió hasta muy tarde, cuando mi tía Avelina fue al ayuntamiento y pidió las partidas de nacimiento.

–Pero aita, ¿cómo es que no sabéis el nombre de vuestro abuelo?
–Pues que no sabemos.
–¿No se lo preguntasteis alguna vez a vuestros padres?
–¡A los padres le íbamos a preguntar! ¡A los padres hay que tenerles respeto, no como vosotros!

Era de ver la cara de boniato que se nos quedaba a mis hermanas y a mí ante aquellas respuestas, lo mismo de mi padre que de nuestros tíos y tías, porque una cosa es preguntar a tu padre si se ha ido de putas o se ha masturbado alguna vez, y otra muy diferente pedirle serenamente y por la sola curiosidad o afán de conocimiento el nombre de uno de sus abuelos, pero ellos reaccionaban con igual furia de ménades, cómo se te ocurre, menudo genio tenían los difuntos padres, por menos de nada te arreaban un sopapo, vosotros sois unos niños mimados, etc. Con este detalle y otros como éste comencé a darme cuenta de que uno de los principales errores de aquellos aldeanos era la falta de curiosidad o el temor a preguntar a los demás, pues muchas de las ignorancias que padecían y de las que no tenían ninguna culpa se habrían podido remediar de haber sido más atrevidos.

Mi tío Hilario, por ejemplo, que me solía llevar en verano con mis hermanas a la playa de Gorliz, no nos permitía bañarnos después del desayuno hasta que hubieran transcurrido dos horas y media. Eran en vano las súplicas y las quejas:

–Los ténicos dicen que hay que esperar dos horas y media. Eso está escrito.

Digo ténicos porque mi tío y los laurotarras que yo conocí decían ténico en lugar de técnicos, como decían helicótero en vez de helicóptero, esato en vez de exacto, en el ato en vez de en el acto, o perfetamente en vez de perfectamente. A mí me daban igual sus deslices con el idioma, pues yo mismo cometo algunos y qué le vas a pedir a unos aldeanos que aprendieron el castellano tarde y poco y a golpes, pero me fastidiaba que otros niños llegaran a la playa más tarde y se metieran al agua de inmediato o después de transcurrida una sola hora, por el mero hecho de que los ténicos a los que habían leído o escuchado sus padres eran distintos o más flexibles que los de mi tío.

Tampoco estaban más enterados en otras cuestiones. Cuando comencé a interesarme por el pasado de Loiu, descubrí que mi pueblo tenía como mínimo más de cuatrocientos años de historia, al punto de que había disfrutado hasta de fiel con asiento y voto, el número 43, en las Juntas de Guernica, y que mi propio caserío Astobieta aparecía como un monumento artístico con entramado que databa del siglo XVII. La misma iglesia de San Pedro partía de una edificación medieval del siglo XII, y eso eran palabras mayores. Cuando me sentí obligado a comunicar estos descubrimientos, me encontré con que mi padre y muchos de mis familiares o aldeanos de Lauros se resistían a reconocerlo.

–¿Ochocientos años la iglesia de Loiu? Imposible.
–Que sí, ochocientos o más, viene en la página web del ayuntamiento de Loiu.
–¿En la página qué?
–Da igual, aita.

No sabían los años aproximados de cada caserío y no albergaban ni la menor idea de lo que había sucedido antes de la Guerra Civil; no sabían nada del año 98, o de las carlistadas, y mucho menos de la invasión francesa: su memoria se remitía a la segunda mitad del siglo XX y se ceñía sobre todo a Lauros, un poco de Loiu y otro poco del Txorierri. De ellos aprendí la gran mentira de los grandes relatos y de ellos me viene el odio y náusea contra la historia, náusea que no me ha remitido. Comprendí por aquellos aldeanos y por los del pueblo burgalés de Tobes y Rahedo que lo peor de la Historia de España o la Historia de Euskadi o cualquier otra historia no es que estén concebidas para justificar y calafatear la hora y el ordenamiento presentes: lo peor es que solo son la historia de las élites contada por las propias élites e impuesta al resto de la población por el mero interés de esas élites. Lo que ocurre en las zonas rurales del mundo, allí donde ha vivido el 90% de la humanidad, es que nunca pasa nada: nadie va a las guerras, nadie jura ante el árbol de Guernika, nadie pasa su cabeza por la guillotina, nadie participa en Farsalia, nadie navega con la Armada Invencible, nadie ve incendiarse la biblioteca de Alejandría y nadie está bajo el mando de Zumalacarregui. Hasta puede ocurrir que ni siquiera sepan los nombres de alguno de sus abuelos. Son las élites de la ciudad y los individuos mejor situados de cada pueblo los que dan velocidad y depredación al mundo, pero fuera de esa fina película de hazañas, libros y monumentos existen grandes masas anónimas que tratan simplemente de sobrevivir, que no conocen la historia e incluso la rechazan, como mi padre:

–Imposible porque los vascos vivían en cuevas hasta hace doscientos años. Así me lo dejaron dicho.

Ya les podías tirar a la cabeza los libros de Barandiaran o Caro Baroja o la página web del ayuntamiento de Loiu, que era inútil: ni mi padre ni aquellos aldeanos estaban dispuestos a admitir una historia tan recorrida y compleja. Los vascos venían de muy lejos, en eso estaban de acuerdo, pero habían vivido siempre durmiendo sobre piedra y cazando jabalíes. Ante cualquier idea contraria experimentaban rechazo, y me refiero a rechazo físico: eso lo pude comprobar cuando le enseñé a mi padre noticias de los diarios sobre yacimientos romanos en Vizcaya, y noté que no solo lo negaba sino que experimentaba un añadido de incomodidad y hasta de furia. No había manera: su esquema mental no estaba preparado para creerse la existencia de una civilización sofisticada con dos mil años de historia. Eso podía haber pasado en otros lugares, decía, pero no en Vizcaya.

Lo curioso es que tanto mi padre como aquellos aldeanos, que gustaban de no reconocer sus ignorancias, eran en cambio muy conscientes de las carencias de otros, en especial las de sus padres y abuelos. Cuando nos referían los escasísimos recuerdos sobre sus ancestros, que solían transmitirnos en tono de respeto reverencial, a veces se les solía escapar la misma frase:

–Los difuntos padres eran ignorantes terribles, pero...

“Ignorantes terribles”. Y eso lo decían ellos, que pensaban mayoritariamente que ETA y el Rey eran socios, o negaban que el hombre hubiera llegado a la luna, o sostenían contra todas las evidencias que los vascos habían pasado de Santimamiñe al Guggenheim en solo doscientos años. Se creían unos licurgos sensacionales por el mero hecho de contar con radio, coche o televisión, haber ido a la escuela unos años y saber castellano, elementos todos que sus padres y abuelos desconocieron. No había modo de hacerle cambiar de opinión a ninguno de ellos y menos a mi padre, sobre todo a mi padre:

–Mucho libro y mucha escuela –me insistía, erre que erre–, pero dices cosas de alfabeto total.


Argi


–¿Cómo se llama?
–Argi.
–¡Qué blanco!

Cuando mi cuñado nos trajo de Mondragón un cachorro de perro blanco y rizado, casi semejante a una oveja, raza pastor vasco, de cuatro meses de edad y con pelo, mucho pelo, de ese pelo que se desprende fácilmente, mi padre lo ató de inmediato a un árbol como había hecho con todos los perros que habíamos tenido anteriormente, Clay, Barrabás, Buck, Tor o Seti, pues la única función que ejercían los perros en Astobieta era la de centinelas. Pero Argi tenía otros planes.

–Ama, ven, mira lo que sabe hacer este perro.
–A ver, qué sabe.
–Argi! Etorri ona! Ea, eman eskue..., ongi, ea, orain bestea..., ederki!!!!

No solo aprendió enseguida a darme la pata, sino que pronto comenzó a saltar por un aro o a traer pelotas de tenis que se perdían, o se quedaba quieto cuando le decía geldi hor!, o se las arreglaba para pisar por los senderos de la huerta sin tocar jamás un sembrado. Hasta comencé a organizarle circuitos en los alrededores del caserío para que superara obstáculos, saltara cajas, se metiera por tubos muy pequeños o caminara por una línea muy fina que le había pintado. Ese era Argi. Era la órdiga.

–¿Habéis visto el perro que tienen en Astobieta?
–¿Cuál?
–El blanco. Solo le falta hablar.

Sabía hacer tantas cosas y era tan pacífico que poco a poco comenzamos a soltarlo tomando cada vez menos precauciones, porque justo al lado de Astobieta hay una carretera que comenzó a llenarse de tráfico a partir de mediados de los ochenta, y la calidad de vida de un perro laurotarra consistía precisamente en aprender a cruzar esa carretera. El enemigo principal de su felicidad no era el frío ni las garrapatas ni el moquillo ni la sarna ni los otros perros: el enemigo eran las ruedas de los coches, que no se cansan de girar.

Pero Argi aprendió enseguida y se salvó del candado. Comprendió el sonido de los coches; supo distinguir el ruido que indica lejanía y el que dice ten cuidado. Si venía conmigo, se limitaba a seguirme de cerca. Cuando llegaron los coches modernos casi silenciosos también se adaptó, lo mismo en Madrid: jamás tuvo un error. Mientras la mayoría de los perros de Lauros vivían sujetos a la cadena, Argi me acompañaba a recoger tomates, a sembrar patatas, a cuidar las vacas o a jugar a pelota mano, donde se convirtió en aquel perro sensacional que encontraba todas las pelotas que se nos iban por encima del frontis, tantas que comenzamos a hacernos populares por él:

–Oye, ¿conocéis al grupo de pelotaris que juegan en el frontón de Lauros?
–¿Los que tienen un perro blanco que les coge las pelotas?
–Sí, esos.

También me acompañaba cuando me iba de botellón con mis amigos de Sondika, o a rellenar los papeles del paro, o hacer la matrícula de la universidad: le encantaba subirse al coche, le gustaban los viajes largos. Él me acompañó a rellenar las instancias para negarme a cumplir el servicio militar. Él me acompañó a recoger la condena. Se sabía de memoria el camino de ida y vuelta de muchos supermercados y tiendas de chinos de Madrid. Hasta se hizo con un público propio como si fuera una estrella de rock:

–Basterrechea, ¿no has traído a tu perro?
–No, lo he dejado en Lauros.
–Joder, que he traído a mi sobrina desde Sopelana solo para que lo vea.

El veterinario me dijo que si lo cuidaba bien podría vivir más de quince años, pero pasó por dos trances en su primer año de edad que casi lo desgracian, el primero y más grave cuando estaba dormido y se le tumbó encima mi vaca Faustina, y el segundo cuando se le cayeron encima una docena de fardos de paja y tuve que ir quitándolos uno a uno como los alpinistas quitan la nieve que se ha desprendido en un alud. Pero a partir de ahí ya no tuvo más percances y se convirtió en un perro digno del Circo Mundial, tan mágico que me hacían ofertas:

–Por este perro te pago el dinero que quieras.
–Te lo vendería ahora mismo, pero él no se vende.

Recuerdo su muerte como el fin de una época y una misma respiración. A la entrada del otoño comenzó a renquear, y dos meses después ya no alcanzaba a subir las escaleras. Lo sacaba al parque en brazos, como si lo llevara a la enfermería, y los otros dueños de perros se me quedaban mirando:

–¿Qué le pasa a tu perro?
–Nada.
–¿Cómo que nada?
–Años. Diecisiete.
–¡Ostras!

Diecisiete años. Y qué bello fue toda su vida. Hasta sabía posar para las fotografías. Aún lleno de tumores y cataratas estuve a punto, perdón, de hacerle una foto con su manta roja de condenado, una hora antes de llevarle a que le dieran la eutanasia. La belleza le perseguía: ni con la muerte cosida a su cara dejó de ser una golosina blanca.

Todavía hoy me sorprendo de no tropezarme con él cuando voy al baño, y tengo que pasar corriendo los estantes de los supermercados donde hay Dog-Chow. Y lo más increíble de todo es que fue el otro miembro de la familia que aún seguía yendo al lugar de la cuadra donde solía situarse mi padre, sin duda con la intención de encontrarle, negándose a admitir que mi padre hubiera muerto. Hasta en eso aquel perro se parecía a mí.


Los milagros de la Hermana Esperanza


AUNQUE EN esos primeros cinco años de escuela me comporté como un niño agresivo y dictador, de esos que no disimulan su inmoderado afán depredatorio, también fui uno de los niños más religiosos y que leía con más fervor la biblia, sin que me pareciera entonces ninguna paradoja. La asignatura de religión era casi la única en la que no me aburría ni me comportaba como un revientaclases, porque en ella existía un personaje que se convirtió en el verdadero Capitán Trueno de mi infancia, un hombre al que yo leía como si fuera un héroe de cómic. Ese hombre era Jesucristo.

Sin embargo, ya desde el primer momento las monjas de Larrondo advirtieron que yo no me leía la biblia como un texto sagrado y por tanto infalible, sino que le hallaba contradicciones o puntos poco claros. Recuerdo, a propósito del milagro de los panes y los peces, y acordándome de la insistencia de las monjas para que termináramos los platos a la hora de comer, la cara de pastaflora que se le quedó a la hermana Jacinta cuando levanté mi mano de niño redicho y sabiondo y le pregunté:

–¿Por qué sobran doce cestas de panes y peces?
–¿Cómo?
–Que no entiendo por qué la muchedumbre no se comió todos los panes y los peces que multiplicó Jesucristo. ¿En aquella época no había que terminar toda la comida?

Pero no acababan ahí mis dudas sobre los textos bíblicos. Ya desde la primera lectura, me indignaba la falta de fe de los hebreos ante un Dios que había realizado tantos prodigios por ellos. ¿Cómo era posible que Yahvé hiciera esos milagros tremendos de parar el sol, arrojar las diez plagas contra Egipto o abrir las aguas del Mar Rojo, y los hebreos, en lugar de postrarse y jurarle eterno agradecimiento, estuvieran siempre quejándose, blasfemando o adorando a otros ídolos? ¿Cómo era posible que Jesucristo hiciera a la luz del día nada menos que 39 milagros, algunos de ellos presenciados por miles de personas, y los judíos y los romanos, en lugar de darle las llaves de Judea y las del mismo Imperio Romano, se dedicaran a estorbar, murmurar contra él, perseguirlo y hasta crucificarlo?

Me hallaba yo en pleno fervor religioso cuando en 5º de EGB, con diez años, la hermana Irene nos encomendó realizar una redacción sobre la hermana Esperanza, que había fallecido unos meses antes. Esperanza Alhama era una monja murciana que había fundado la orden Esclavas del Amor Misericordioso, a la que pertenecían las monjas de mi colegio, y se había hecho muy célebre sobre todo en Italia, donde había fundado un santuario que socorría a los enfermos y necesitados.

–Quiero que vayáis a vuestra casa o adonde vuestros amigos o conocidos –nos dijo la hermana Irene– y preguntéis lo que saben sobre la hermana Esperanza.

Yo fui a casa, pregunté y descubrí que mi madre se acordaba de algunas cosas, pero la que sabía muchísimo era sobre todo Raquel, mi hermana mayor, que había estado de interna en mi colegio y hasta había hecho la comunión vestida de monja. Raquel me contó hechos asombrosos: la hermana Esperanza tenía el don de leer las almas y estar físicamente en dos lugares a la vez. Hablaba todos los días con Jesucristo por línea directa y como si fuera un amigo de toda la vida. Aparte de eso, resucitó a un hombre, curó a varios enfermos terminales y, en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, se dedicó a multiplicar los alimentos de tal forma que con una sola olla de legumbres y hortalizas conseguía alimentar cada día a 3000 italianos. Su gran adversario era el demonio, que la había declarado su enemiga número uno, porque desde que la hermana Esperanza se hallaba en la tierra ya no entraba tanta clientela en el infierno. El demonio la atacaba de continuo arrojándole piedras, poniéndole zancadillas o dándole puñetazos a traición, todo esto de forma invisible, pero la hermana Esperanza no solo no se arredraba sino que trataba a Satanás como simple gentucilla.

–Ah –añadió– y tenía tres estigmas en el cuerpo que le avisaban de grandes catástrofes o asesinatos.
–¿Qué es un estigma? –pregunté yo.
–Son marcas que la hermana Esperanza llevaba en el cuerpo de nacimiento. Horas antes de que sucediera algo malo, como las bombas atómicas o la muerte de Kennedy o el atentado contra el Papa, ella se ponía a sangrar por esas tres marcas.

Con toda esta información que me dio mi hermana, titulé mi redacción “Milagros de la hermana Esperanza” y me presenté en el colegio más contento que un kilo de mandarinas, pensando que iba a arrasar con todo aquel tipo de revelaciones, aunque lo cierto es que me era incómodo pensar que los poderes de aquella monja mágica podían rivalizar con los del mismo Jesucristo. Sin embargo, al día siguiente de entregar esta redacción, la hermana Irene me llamó al despacho. Que te llamaran al despacho nunca era una buena noticia, y cuando me presenté la monja me esperaba con mi redacción encima de la mesa.

–Vamos a ver, Alberto –comenzó la hermana Irene–, sé que tienes mucha fantasía, pero no me puedo creer que te hayas podido inventar todo lo de esta redacción.
–No –le dije yo–. Me lo contó mi hermana mayor. Alguna que otra cosa me la dijo mi madre, pero la mayoría mi hermana Raquel.

Entonces la hermana Irene me dio una charla. Que estaba harta. Que no sabía de dónde salían todas esas historias. Que ella había conocido en persona a la hermana Esperanza y que no había hecho ninguno de los milagros que le atribuía mi redacción. Que todos esos supuestos milagros perjudicaban a la iglesia porque la gente daba por hecho que ser bueno y hacer el bien estaba solo al alcance de las monjas, los curas y los santos. Que no era así. Que hiciera el favor de decirle a mi madre y a mi hermana mayor que todo aquello era mentira, porque lo malo de esas falsas historias era que no había manera de pararlas una vez empezadas. Y terminó así:

–Los únicos milagros que hizo la hermana Esperanza fueron los de su abnegación y caridad sostenida en favor de los enfermos y necesitados. Y tú también puedes hacer ese tipo de milagros cuando quieras. 

Salí del despacho planchado y a partir de ahí empecé a darle muchas vueltas al asunto de los milagros. Recordé que en la ermita de San Miguel en Lauros dio misa un cura muy querido al que yo no conocí, Mikel Zarate Lejarraga, del que a su muerte en 1979 comenzaron a circular los rumores más diversos: que si lo habían visto subiendo al monte, que si había ordeñado las vacas de un aldeano, que si le habían visto rezando en un pajar… Y recordé que cuando llegó a Lauros el escritor J. J. Benítez para entrevistar a Juana, que sostenía haber visto un ovni, hubo otros laurotarras que protestaron y empezaron a decir que ellos también habían visto ovnis pero no habían dicho nada “para no llamar la atención”, asunto este que llegó a tanto que a mi padre le dio por la chacota:

–A ver si el único que se ha quedado sin ver un ovni en Lauros he sido yo.

Asediado por las dudas, decidí hacer un experimento con la biblia y leerla sin los milagros. Descubrí que sin ellos la biblia empezaba a clarificarse. De pronto comencé a solidarizarme con los hebreos, a quienes de benjamín tanto detestaba: ¡cómo no iban a murmurar contra Dios y Moisés, que los sacaron de Egipto, donde al menos tenían comida, si los habían llevado a una “tierra prometida” que no era más que un desierto ocupado además por otros pueblos! ¡Cómo no iba Jesucristo a encontrar opositores y desatar el miedo entre las autoridades, si se presentó con toda la idea en Jerusalén montado en un burro, cumpliendo las profecías y dando a entender a las autoridades judías y romanas que era el mesías! Y ya tirando del hilo, resolví la que me parecía la trampa fundamental de la biblia, en cuyos textos los contemporáneos de cada época siempre están quejándose de que “ahora no suceden milagros”, lo que achacan siempre a la “falta de fe”. ¡Claro que ahora no suceden milagros, lo mismo que en todos los tiempos! ¡Los milagros suceden muchos años después de que hayan muerto las personas que supuestamente los cometieron, y escritos por personas que nunca las conocieron!

Sin embargo, treinta años después de aquella redacción que me valió la reprimenda de la hermana Irene, en 2014, el Vaticano beatificaba a la hermana Esperanza, ahora llamada “Madre Esperanza de Jesús”, al dar crédito a uno de sus milagros, el de una niña que se había curado bebiendo agua de su manantial italiano de Collevalenza. Y dos años después, como confirmación de que las historias que me contaron mi madre y mi hermana Raquel estaban mucho más extendidas de lo que pensaba la hermana Irene, en el programa de casos paranormales Cuarto Milenio, Iker Jiménez entrevistó a un tipo que, sin haber conocido de nada a la hermana Esperanza, había escrito ¡un libro entero! con todos los milagros de la monja murciana, aportando documentos y dándoles crédito a todos ellos.

Pero yo no les doy crédito. Me parecen una tomadura de pelo. Solo pensar que el mismísimo Satanás es un hombrecillo de tan poco poder que, en lugar de lanzarle un rayo a la hermana Esperanza para que dejara de “quitarle la clientela”, tenía que recurrir a ponerle zancadillas, tirarle piedras o darle puñetazos a escondidas, causándole tan pocos estragos que la monja murió en la cama a la edad de 89 años, me mueve a la risa. Pensar además que la mayoría de los testigos presenciales de estos milagros proceden de zonas rurales como Lauros, que por propia experiencia sé que están dispuestos a jurar que han visto todos los ovnis que hagan falta, consigue cerrarme el círculo. Esos supuestos milagros fueron uno de los motivos por el que a los catorce años dejé de acudir a las misas de la ermita de San Miguel y dejé de ser cristiano. A Jesucristo lo he seguido leyendo igual que a Buda o a Sócrates: a veces estoy de acuerdo con lo que dice, a veces no. Sigo pensando que tanto Jesucristo como la hermana Esperanza como Mikel Zarate, cada uno en su nivel, debieron ser unas personalidades impresionantes, tan impresionantes que la gente no pudo resistir su ausencia sin entregarse a exagerar y falsear el pasado de la manera más eficaz de todas, que es la de no ser consciente de que lo estás falseando.

Todavía volví en una ocasión a mi colegio de Larrondo, cuando tenía unos 25 años, para pedir los planos en marquetería de la Torre Eiffel que construí una vez en la asignatura de manualidades. Entonces pregunté por la hermana Irene y me dijeron que se había ido a ayudar a las favelas de Río de Janeiro. Cuando pregunté por la razón de su marcha, me respondieron con un escueto “allí hacía más falta”. No pude menos que sentirme más pequeño que nunca, mientras volvía a casa, cuando pensé en aquella monja honrada que no se había apartado de su línea de seguir haciendo milagros que estuvieran al alcance de todo el mundo. Milagros tan al alcance de todos, recordé, que "hasta los podrías hacer tú".


John Wayne al rescate


MI MADRE llegó a los dieciséis años a Vizcaya procedente de Tobes y Rahedo, pueblo campesino de ochenta habitantes situado a unos treinta kilómetros de Burgos capital. A Tobes acudí cinco o seis veces antes de los catorce años, y como en las últimas me comporté como el niño redicho y sabiondo que ya era, con la querencia cada vez más vanidosa por imponerme verbalmente a los demás, mi madre empezó a preocuparse y a cubrirme de advertencias:

–Alberto, no te lo voy a repetir dos veces: como vuelvas a hablar de política con Remigio te mediomato.
–¿Qué culpa tengo yo? –replicaba–. ¡Es él quien me pregunta primero!
–¡Pues le dices que eres pequeño y no sabes nada de política!

Remigio era un lugareño burgalés muy parecido a los aldeanos de Lauros en su pasión por arreglar los asuntos del mundo, pero sus ideas eran justo las contrarias: donde los otros ponían Euskadi él ponía España, y donde los otros justificaban o eran tibios con ETA Remigio pedía la vuelta de Franco:

–Con Franco esto se arregla en veinticuatro horas. Franco pone horcas en todas las farolas de Madrid a Bilbao y los cuelga a todos. ¡A todos! ¡Lo mismo a la ETA que al PNV! ¡Garrote!

En Tobes eran tan aficionados a la política y a la lectura de diarios como en Lauros, aunque allí nunca vi El Correo Español, el DEIA o el Egin: allí se leía sobre todo el ABC y el Diario de Burgos. Remigio leía los dos y escuchaba la Cope, por lo que conseguía dominar fácilmente en las conversaciones después del postre:

–El único hombre de estado es Fraga. O viene Fraga o aquí se arma otro tejerazo.

Mi familia vizcaína era del PNV a lo bruto y la de Tobes era diversa, pero en las sobremesas siempre dominaban los más radicales. También existían moderados en los dos grupos, como el tío Marcos, que votaba al PSOE, o el primo Víctor, de quien se rumoreaba que era de Euskadiko Ezkerra, pero ninguno participaba en las charlas y hasta solían abandonar la mesa a su comienzo, sobre todo el tío Marcos:

–Ahí os quedáis. A mí la política no me da de comer.

La orientación ideológica opuesta de las dos familias nunca provocó enfrentamientos en las sobremesas, salvo los que que estuvo a punto de causar mi abuelo Basilio con los chocheos de la edad. Los parientes de Lauros hablaban con libertad en Lauros y callaban cuando viajaban a Tobes, y los de Tobes se comportaban de igual manera:

–Lo que deben hacer Felipe y el Rey –decía el tío Dámaso en mi caserío– es jurar bajo el árbol de Guernica. El que manda aquí es el lehendakari.
–Como aquí no se vive en ningún sitio –seguía mi primo Aitor–, en ninguno. De Balmaseda para abajo no hay más que roña y hambre.
–El vasco manda en América –decía ahora mi tío Hilario– tanto como el judío. Cuando el vasco y el judío se unen... ¡mecagüen sos! 

Eran de contemplar las caras de bellota que se les quedaban a mi abuelo, que había sido cabo en el bando nacional, o Remigio, alcalde de AP, o Cristóbal, otro del mismo palo, cuando visitaban Lauros y escuchaban estas perlas. Recuerdo cómo se limitaban a meter la cabeza en el plato y hablaban sólo para hacer comentarios de circunstancias:

–¿Y cómo se llama este plato?
–Bacalao a la vizcaína, abuelo.
–Muy rico.

Lo mismo pero al contrario ocurría en las comidas que se celebraban en Tobes y Rahedo. Allí mis parientes burgaleses se empleaban a fondo:

–Hemos tenido cuarenta años de paz –comenzaba mi abuelo–, pero con este invento de la democracia vamos derechos a otra guerra. Se está perdiendo el respeto por todo.
–Si queremos acabar con ETA –decía con seguridad Remigio–, hay que mandar la Guardia Civil a vigilar las iglesias, porque allí se esconde la cabeza de la serpiente.
–Eso es cierto –le secundaba mi primo Cristóbal–. El jefe de ETA es el obispo Setién.

Aquí eran Hilario o Txomin, los únicos familiares de Lauros que solían acudir a Tobes, los que callaban y sólo participaban para elogiar la comida:

–Este chorizo es de categoría, sí señor.

La diplomacia de aquellas sobremesas me decepcionó. Comprendí que la hipocresía es el principal rasgo de los mayores y que cumplir años no es más que ir aprendiendo las diferentes formas de conformarse. Mis familiares me ofendían: si hablaban o callaban dependiendo de los doscientos kilómetros que separaban Tobes de Lauros, ¿cómo iba a atender luego sus consejos para ser decente, honrado y sincero?

Hubo una excepción, sin embargo, a este comportamiento oportunista y cobarde. Cuando mi abuelo Basilio entró en la ochentena y le dio por chochear, comenzó a volverse peligroso. De pronto dijo que se le había aparecido la virgen. Más tarde aseguró que el mismo Franco se había dirigido a él en la guerra y lo había llamado por su nombre. El problema se complicó cuando se puso a decir la verdad en las sobremesas. No solo en Tobes, donde siempre la decía, sino también en Lauros, donde hasta entonces callaba.

–La Guerra Civil –soltó una vez– comenzó porque Franco quería acabar con la ignorancia en España. Cuando yo hice la mili, los vascos y los navarros con los que coincidí eran tan ignorantes que era imposible enseñarles el funcionamiento de un fusil. ¡Vascos y navarros, los más tontos con diferencia!
–¿Por qué en las iglesias vascongadas se da la misa en dialecto? –preguntó en otra ocasión–. Entiendo que utilicéis el dialecto con las vacas o con los perros, pero en la calle y en las iglesias se debe hablar en cristiano.
–Franco engañó a Hitler y levantó España –dijo en otra–. De eso no hay duda.

Imaginaos la escena. Lauros. Comunión de mi hermana. Treinta comensales, cinco de ellos burgaleses y veinticinco vizcaínos. Se llega a los postres y se comienza a hablar de política. De pronto, en medio del dominio abrumador de los vizcaínos, mi abuelo irrumpe con una bomba dialéctica de las suyas. Recuerdo el bochorno de mi madre y de los pocos parientes de Tobes, la tensión que se apoderaba de la mesa, los ocho o nueve segundos de silencio absoluto que transcurrían hasta que mi padre, no fallaba, se dirigía distraídamente hacia mí o mi hermana:

–Alberto, Naroa..., poned la tele a ver si por casualidad hay una película de John Wayne.

El recurso a John Wayne era absurdo, porque entonces solo existían TVE1, la UHF y la recién estrenada ETB, por lo que era casi imposible que estuvieran emitiendo una película de ese actor en el preciso momento en que mi abuelo se ponía sincero, pero era un recurso típico de mi padre que siempre funcionaba, porque la mayoría de aquellos aldeanos, lo mismo los de Lauros que los de Tobes, consideraban al actor como el mito máximo, a tal punto que algunos confundían su trabajo como algo real, como les ocurría al tío Hilario y a Cristóbal:

–El mejor de todos –decía Hilario–. John Wayne..., ¡mecagüen riau! ¡Le tiran ocho botellas al aire y acierta todas! ¡Con un solo revólver! ¡Ocho botellas sin fallo, a ver quién mejora eso!
–Si os fijáis bien –decía ahora Cristóbal–, Paul Newman sale borracho en muchas películas, pero John Wayne..., ¿alguien ha visto a John Wayne borracho?
–Yo no –respondía alguno.
–¡Porque sabe beber! John Wayne bebe whiskis como para tumbar a un caballo, pero ni los siente. Ahí tenéis un hombre con cojones.

Cada vez que salía el nombre de este actor la política se dejaba de lado y afloraba la alegría. Ayudaba en esta admiración, supongo, la cercanía que existe entre las películas de vaqueros y las zonas rurales de cualquier parte del mundo: en los dos sitios los protagonistas son simples, secos, de pocas palabras, y las condiciones de vida son duras. Incluso las mujeres temperamentales que aparecen en las películas de vaqueros, las únicas que se atreven a pararle los pies a John Wayne (pues todo el mundo teme a John Wayne, pero John Wayne teme a las mujeres), son asombrosamente parecidas a las mujeres que conocí en Lauros, si bien mucho más guapas. La pasión por este actor era tal que muchos comensales le atribuían películas que en realidad no había hecho:

–A mí la que más me gusta es esa en que dice "Me llamo Iñigo Montoya, tú mataste a mi padre: prepárate a morir" –decía mi primo Ignacio.
–No, primo, que esa escena es de "La princesa prometida", que ya no recuerdo el actor.
–A mí esa que va por un descampado perseguido por una avioneta.
–Que no, tío, que ese es Cary Grant en "Con la muerte en los talones".

De aquellas reuniones aprendí algo muy importante, y es que allí, en el pueblo de Tobes y Rahedo, a solo 180 kilómetros de distancia de Lauros, existía otra versión. Mientras en Lauros se me subrayaba lo importante que era sentirse vasco, ser Basterrechea y aprender euskera, en Tobes se me decía que el sentimiento vasco, siendo algo simpático, no debía estorbar un sentimiento que debía tener, este mucho más importante, que era el de ser español, y por otra parte sostenían que el euskera era un "dialecto" que estaba bien que hablara con los animales o como mucho dentro de casa, pero que mi idioma de cultura debía ser el castellano, el único que debía hablar en la calle. Y era muy curioso que ninguna de las dos partes, ni vizcainos ni burgaleses, me transmitieran estas posiciones casi antagónicas como meras opiniones, no, sino como cosas archisabidas que formaban parte del sentido común.

También me di cuenta de algo muy importante, y es que por mucho que los grupos humanos se empeñen en buscarse diferencias, las semejanzas afloran con igual facilidad. Aquel truco de John Wayne, que entonces me parecía una mera ocurrencia, con los años me pareció una muestra más de la sensibilidad e inteligencia de mi padre. Cuando el tren de los muy vascos parecía que iba a chocar contra el tren de los muy españoles, era hermoso contemplar cómo, a la sola mención del nombre de este actor, los rostros se distendían y se operaba el milagro: de pronto aparecían las risas y, por unos minutos, confundidos los unos con los otros, ya no se sabía quiénes eran los muy vascos y quiénes los muy españoles, quiénes eran de Burgos y quiénes de Vizcaya, quiénes de Lauros y quiénes de Tobes y Rahedo.